La leche de coco es una bebida que se prepara con pulpa de coco maduro y agua, resultando un ingrediente muy apreciado en la gatronomía asiática. En ocasiones, es confundida con el agua de coco, que es el líquido que se encuentra dentro del propio coco (un coco joven es todo agua por dentro y, a medida que madura, este agua va transformándose en la pulpa; por lo que cuanto más viejo sea un coco, menos agua contendrá) y que es rico en electrolitos (sodio, potasio y cloro).

Mi método para abrir un coco es bastante rudimentario… Normalmente, se agujerean las tres pequeñas hendiduras circulares que se encuentran en la base del coco (por donde saldrían las raíces si empezara a germinar) para sacar todo el agua, aunque yo suelo prescindir de este paso. A falta de otro material, utilizo la punta inferior de un cuchillo grande (la que está cerca del mango al final de la sierra) y con esto voy dándole golpes a la cáscara hasta que empieza a romperse; entonces vacío el agua. Cuando he conseguido abrir una grieta lo suficientemente grande, termino de abrirlo haciendo palanca con las manos.

La cáscara de coco es dura y resistente, por lo que puede reutilizarse (después de lavarla y dejarla secar) de muy diversas maneras: como maceta para sembrar planteles, como recipiente para velas o para popurrí de flores secas, como cuenco para guardar cosas varias (véase mi “ajero”)… o incluso como casitas para pájaros. ¿Alguna otra idea?

100 gramos coco fresco
250 mililitros agua
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Trocear el coco en cachitos pequeños (si no se dispone de una batidora de alta potencia se sacará mayor provecho del coco rallándolo).
Batir el coco con el agua (yo le suelo echar también el agua del coco) hasta obtener un fino puré, y filtrar la leche con un colador de tela o de malla metálica.
Conservar en la nevera.