La almendra es el fruto de un árbol, el almendro, que fue cultivado en las regiones montañosas de Asia central desde épocas remotas (5.000-4.000 a.C.). Es rica en vitaminas (B6, B5, E, D o folato, tiamina, riboflavina, niacina) y minerales (zinc, hierro, calcio, magnesio, fósforo, potasio). Se recomienda su consumo en épocas de mucha actividad intelectual.

Hace un par de meses fuimos de excursión a Aluenda, un pueblo de Zaragoza, y comimos en La Casa Toya, una casa rural con restaurante vegetariano de buffet libre que nos gustó mucho; el pueblo estaba lleno de preciosos almendros en flor que hacían que te apeteciera comer almendras. Aunque se pueden conseguir almendras en cualquier sitio, suelo comprarlas en el mercado agroecológico de Zaragoza, porque están buenísimas y a muy buen precio. La leche de almendra es un clásico de las leches vegetales (por cierto, si se deja en reposo cierto tiempo tienden a separarse su aceite y el agua, aunque se vuelve a ligar rápidamente dándole unas vueltecitas con una cucharilla antes de servir).

80 gramos almendra
1 litro agua
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Remojar las almendras en agua durante la noche. Escurrirlas y aclararlas  con agua fresca (también se puede aprovechar en este momento para quitarles la piel, aunque yo se la dejo).
Batir las almendras con el agua en la batidora.
Escurrir la leche con un colador de tela o de malla fina para retirar la pulpa (esta pulpa se puede utilizar para hacer hummus de almendra, queso crema, galletas…).
Conservar en la nevera.