La avellana es un fruto seco con alto valor nutricional: 16% de proteínas, 62% de aceites insaturados, niveles significativos de tiamina (vitamina B1), niacina (vitamina B3), y altos niveles de calcio, fósforo y potasio.

La leche de avellana es una de mis favoritas. Me enganché la primera vez que la probé de un cartón que compré en una ecotienda, aunque cuando la probé casera, en crudo y recién hecha ya fue definitivo. Su sabor es tan agradable e intenso que no hace falta añadirle ningún endulzante ni saborizante, porque está simplemente deliciosa por sí misma. Además su tacto es muy cremoso y suave.

80 gramos avellanas
1 litro agua
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Poner a remojo las avellanas durante toda una noche. Después escurrirlas y aclararlas.
Batir con la batidora las avellanas remojadas junto con el agua (cuanto más potente sea la batidora, mejor se aprovecharán los frutos secos).
Colar la leche con un colador de malla fina o de tela para separarla de la pulpa de las avellanas trituradas. Retirar la pulpa (que se puede aprovechar para otras recetas; por ejemplo, queso crema, galletas…).
Conservar en la nevera.